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Goyena

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[septiembre 2018] Este mes se cumplen 10 años que estoy en Buenos Aires. Nunca me acostumbré al hacinamiento de la ciudad. Ahora vivo en un edificio viejo, de clase trabajadora, algo desvencijado. A la hora de la comida, se inunda de olores caseros. El departamento tiene un pasillo abierto. Siempre da el sol y veo las estrellas por la noche. Cuando llueve, se mojan las puertas y las paredes. En Goyena, como le llamamos al lugar en donde vivo, te cagás de calor en verano, y de frío en invierno. Eso te pone en tu lugar, y no extrañás las mieles del capitalismo moderno. Es la casa de un amigo. Convivo con su biblioteca, la más viva e inteligente que he visto. Actualmente, el departamento de abajo está desocupado. Mi vecina del piso se va de vacaciones. Me siento como cuando era adolescente y mis viejos nos dejaban solos en casa. Es un aislado y extraño lugar en medio de Caballito. Lo más parecido a vivir en el pueblo que me pasó en estos 10 años.

Cable

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Brindo por esos encuentros salvajes cumbre de la belleza y la juventud gracia cómplice de amantes en estado puro que preferirían morir a dejar de sentir ese ardor Capricho involuntario elegir la muerte

No tan mental

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No quiero olvidar, y quiero dejar constancia de ello, de que un domingo 31 de julio de 2016 me encontré, de frente, mirando la ventana, guarecido por la aparente lluvia irremediable. ¿Qué es estar solo? No formar parte de la intimidad de nadie. Tener la certeza de no ser más que uno, sólo para mí, ahora.

If

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Debería poder decirte que sigue el pulso sostenido, intacto, los reflejos expectantes, reventando por los poros. Que ahí estoy. Salpicando los lugares de nostalgia, ubicando el sol a tientas. Rastreando cada aroma, cada destello de tu garganta, de tu pecho. La mañana tiene la certeza que la noche confirma consecuente. Hoy estuviste presente como siempre. Más que nunca. Ausente. Voy a soñar que te abrazo.

cadena de descuidos

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Le temen al mano a mano. O uno no es la contraparte que cree. O ambas. Aprender a no caretearla, aviso. Y me voy animando. ¿Me habría dado Alfredo un mano a mano? Me gustan mucho sus milongas. Eso es lo bueno de los poetas: tienen letra pal toma y daca y ahí te ves. Amigo involuntario. Y tenés cuenta en Facebook, pedazo de gil. pensé que había con los que hubo siempre habrá en la carne es la carne "yo se que en cualquier descuido, me iba a volear contra el suelo". Ya se dijo. yendo al hueso largo viaje se llega en tiempos distintos a poner la jeta o a guardarla
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Pasaron Cabreras, mudanzas (se fue el de Mudanzas), Carlitos-Pulsos-yCirujas, muza con fainá en lo de Pirilo, hostilidades, hospitalidades, hostilidades pateadura, hospitalidades arrumaco. Vinieron las letras. Las latinas y las otras. Con sus pilchas. Con más decisión y se me colgaron de los hombros. Se achican las paredes, se agranda el espacio. Ese espacio. El del puntito borroso que se agita allá lejos. Sigue la estampa oxidada y declina la tosudez. Ya como oda a la inconstancia. Empeora al extremo verde del bronce a la interperie. ¡Pobre camarola! Le dio cosita y se hizo la otaria: miró para otro lado mientras le metía, en libidinosa actitud, la mano bajo la falda a su nieta y ajustó el pulso unos segundos para el punto del crochet. Tejió algunos reflejos insolentes de bienvenida al patio de los que juegan con cantariola (y "a la pagar"). Conmenoración del año y 9 días que no visitaba el barrio. (toma en papel: camarola "Heraldo Celestino", Kodak formato 6X9 105...

Con olor a spray

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Los grises personajes de figura amachimbrada (como dice uno de esos tangos no tan malevos) echamos mano a procedimientos que disimulen nuestra estrechez poética. Por obstinados e insistentes, hay que reconocer que estas incursiones en el terreno de la impericia no hacen otra cosa que posicionarnos —léase gratamente— en el pedestal de la retaguardia del arte. Adhiero con vehemencia, como fundador de la Liga de Aspirantes al Gran Angular, a esta sustitución de la mano del creador por la de los artefactos que todo lo hacen. Pero de aquellos que tienen vida propia. Mi camarola llegó tarde al «autmático y con flash», pero la achacosa señora tiene un encanto que sólo llega con el tiempo. Ella entiende de estos pobres tipos que en pecaminosa terquedad agreden su entorno intentando chuparle un cacho de luz. Y con esmero y calidez devuelve al ruin operario una viñeta del mundo que ella conoció en sus años mozos, como lo hiciera la temblorosa y delicada letra de las bellas damas que nos han teni...